Cocodrilo a la brasa en Pretoria

IMG_0034Una torre de 190 metros de alta con un balón incrustado en ella, la Lukas Rand Tower, me da una muy futbolera bienvenida a Pretoria, la ciudad donde España se va a jugar con Chile su futuro (largo y triunfante, espero) en este Mundial de Fútbol.

Pretoria, a apenas cincuenta kilómetros de Johannesburgo, es la capital administrativa del país (Sudáfrica tiene tres capitales: la legislativa es Ciudad del Cabo, y la judicial es Bloemfoentein). De todas ellas, Pretoria es la ?más? capital de todas? y sólo la celebración del Mundial ha detenido un debate que, se espera, se resuelva este año: el cambio definitivo de su nombre por el de Tshwane. Los miles de viajeros que se acercamos a la ciudad lo hacemos al reclamo del Mundial: los partidos se juegan en el estadio Loftus Versfeld, una joya, uno de esos estadios ?clásicos? ?se construyó en 1903- que tanto nos gustan a los aficionados ?y a los jugadores, por supuesto: con las gradas muy cerca del terreno de juego (que no es precisamente un tapiz, la verdad). Es el hogar de los Blue Bulls, uno de los mejores equipos de rugby del país. ¡Un lugar perfecto para remachar una goleada!

Pretoria tiene una gran herencia boer, fruto de una historia muy intensa, como la que se atesora la casa de Paul Kruger (60 Church Street, abierta toda la semana hasta las 17h) uno de los personajes más importantes de la historia Boer (fue presidente de Sudáfrica a finales del siglo XIX), y que te sonará porque es quien da nombre al uno de los mejores parques nacionales del continente. La casa es una construcción modesta que pasa inadvertida y en la que te vas a encontrar los enseres de rigor: los muebles originales, sus objetos personales, sus libros, su guardarropa? Su visita no te robará mucho tiempo, y siempre resulta interesante. Caminando por Church Street (una calle muy transitada pero tampoco especialmente destacable) voy a dar con el centro neurálgico de la ciudad, Church Square, una plaza dominada por la estatua de Kruger IMG_0010y en cuyo césped toman el sol ?un suave y agradable sol invernal de la mañana- estudiantes, paseantes y viajeros, que se fotografían ante la estatua de Kruger, una furgoneta colorida que vende helados o ante unas estatuas de metal con los colores de los equipos del Mundial que juegan en la ciudad. A esta plaza se asoman dos edificios históricos: el Raadsaal, el antiguo parlamento de Transvaal (la república boer) y el Tribunal de Justicia, en el fue juzgado Nelson Mandela en 1963.

Como te digo, la mañana es fresca y despejada: así que las vistas de la ciudad que disfruto en lo alto de la colina donde se yerguen los Union Buildings, la sede del gobierno del país, me hacen creer que los rascacielos del centro se encuentran más cerca de lo que realmente están. La colina es el punto más alto de la ciudad: y el conjunto arquitectónico que forman ?los edificios? (una expresión que tiene en Sudáfrica el mismo significado que para los españoles ?La Moncloa?) es todo lo grandilocuente que cabe esperar: mucho mármol y piedra, jardines impolutos, y muchísima carga simbólica. Es aquí donde tienen lugar las ceremonias presidenciales de investidura, y aquí transcurrió,IMG_0044 en mayo de 1994, el discurso más famoso de Mandela: Joseph me dice que más de un millón de personas abarrotó los jardines para dar la bienvenida a la democracia. Hoy, apenas somos un puñado de paseantes los que escrutamos el horizonte de la ciudad: los vendedores de los puestos que hay a la entrada del complejo ?bisutería, marroquinería, máscaras?- me aseguran que sí, que España ganará a Chile y que por supuesto que ese león, que tanto miro y que quedaría de fábula sobre mi escritorio, está tallado en ébano.

Joseph, mi conductor, me señala en la distancia, al otro lado del valle en que se asienta Pretoria, una mole en lo alto de un monte, y me dice que ahí vamos ahora: es el monumento a los pioneros boer (el Voortreker Monument, abierto todo el año de 8h a 17h. Entradas: 35 rands. Te puedes descargar aquí un mapa con su situación) que a mediados del siglo XIX cruzaron el país desde Ciudad del Cabo hasta estas tierras en el Gran Trek, luchando entre ambos puntos tanto con ingleses como ?sobre todo- con habitantes zulúes, a quienes conquistaron estas tierras. El Voortreker es un lugar con cierta carga polémica, una suerte de ?reserva espiritual? de la Sudáfrica bóer, pero también es verdad que, ahora mismo, hay visitantes de ambas razas. IMG_0054Asciendo la escalinata hacia la mole, un cubo imponente de cuarenta metros de lado, a cuya entrada me sonríen dos chicas vestidas como las mujeres de los colonos boer. El monumento tiene tres niveles: en el bajo, una exposición con dioramas sobre la marcha y un gran féretro de mármol en el que se lee ?en boer- la leyenda ?Por ti, Sudáfrica?, y a la que ilumina un rayo de sol que se cuela por una abertura de la cúpula, sesenta metros más arriba, cada 17 de diciembre. En la entreplanta, hay murales; y en la azotea ?a la que subo en ascensor: demasiados escalones- me relajo, viendo cómo empieza a atardecer con esa luz austral tan especial ?y tan agradecida para las fotos- de la que ya os he hablado en otros post.

Atardece: bebo cerveza Castle en la cafetería del monumento, pero Joseph me recuerda que no pida nada de comer, que debo llegar con hambre al restaurante donde me promete un atracón a base de carne. Así que ponemos rumbo al famosísimo Carnivore, un restaurante en un complejo a medio camino entre Pretoria y Johannesburgo. Famosísimo ?hay otro en Nairobi- por las carnes de las espadas Massai en que las sirven: cerdo, pollo y ternera. Hasta ahí, bien, ¿verdad? Luego viene lo bueno: cocodrilo, antílope, ñu, gacela, avestruz? Lo que más me gustó, el cocodrilo (poca carne, mucho cartílago, pero sabroso: no sé todavía a qué, así que os diré lo que se suele decir en estos casos: ?parecido al pollo?); las albóndigas de antílope, me encantaron (una carne muy dulce, de textura muy blanda). La gacela me pareció algo correosa, y el ñu me sabía ?demasiado- a hierba, como un cordero de Killarney hiper-vitaminado. 12Para beber, vino de la tierra, un tinto de Shiraz que a mí me supo mucho a alcohol? pero ideal para trasegar la carne y para disfrutar del tremendo ambiente del restaurante, donde los brasileños y los argentinos se retaron a cantar. Muy económico, además (la cena, sin bebidas, tiene el precio fijo de 195 rands). Mientras sonrío hambriento al espadachín que me sirve otra ración de cocodrilo, me pregunto cómo harán para criarlos, y no puedo dejar de pensar que me estoy comiendo un safari? ¡Te espero allí!

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