Soweto, alma sudafricana

Danza en Soweto (c) Clemente Corona-cropHay una palabra que resuena en mi mente por encima de las demás desde que hace unos días puse rumbo a Sudáfrica: Soweto. Ese es el nombre del suburbio que creó el Apartheid para encerrar a todos los negros a los que no permitía vivir -pero sí ser explotados y humillados- en la limítrofe Johannesburgo. La ciudad -pues eso es, más que un suburbio- en la que lucharon y vivieron Biko, Desmond Tutú y, claro, Nelson Mandela. Así que, en esta fría mañana de junio, arrincono mi disfraz de hincha de La Roja, cruzo Johannesburgo y pongo rumbo a la casa de Mandela, a Soweto, a donde empezó todo: donde nació el fin del Apartheid y el comienzo de esta Sudáfrica vibrante que, hoy y ahora, asombra al mundo organizando todo un Mundial.

Hoy Soweto -una ciudad de más de quinientos kilómetros cuadrados y cinco millones de habitantes cuyo nombre es un acrónimo de “South West Township”- atrae a viajeros como yo, imantados por la figura de Mandela, por la vitalidad de artistas como los Soweto Gospel Choir, y para descubrir que lo que fue una atrocidad sin sentido es hoy un lugar que, sin prisa pero sin pausa, se sacude todos los estigmas. Hay “slums”, por supuesto, pero también cuidados barrios residenciales; hay calles sin asfaltar, pero también autopistas y metro de estándares europeos. Hay, resumiendo, marginación, pero también una pujanza de una emergente clase media negra que lucha todos los días por devolver la dignidad a los habitantes de Soweto, y que se encuentra en cada esquina, en cada sonrisa, en cada mensaje de bienvenida que recibo (“Welcome to Soweto. We’re so glad to see you here!”, me dicen una y otra vez). Por tantas cosas, Soweto es un lugar idóneo para saciar la curiosidad, que es una de las razones -saber cómo es el mundo- que nos empuja a viajar. Y en esta mañana de invierno austral coincidimos equipos de televisión, grupos de danzas y viajeros curiosos como yo, que nos sonreímos al oírnos silbar el “Biko” de Peter Gabriel.

Soweto lo forman más de setenta barrios y es el de Orlando South (hoy, uno de los enclaves de la clase media-alta que vive en el suburbio) donde está su corazón: la casa de Nelson Mandela (Mandela Family Museum, 8115 Ngakane Street. Entradas: 60 rands), una construcción pequeña y austera. En ella vivió antes de pasar más de 25 años en la cárcel el hombre que inventó la Sudáfrica que conocemos y por la que viajo: una de las muchas citas que adorna los muros y las paredes me asevera que “un hombre no es un hombre hasta que no tiene su casa”. Mandela se mudó a esta casa en 1946, con su primera mujer (se ha casado tres veces), y vivió en ella hasta su arresto, en 1962. En ella se quedaron su segunda mujer y sus dos hijas, y la casa fue durante años atacada por el regimen: hoy, veo los impactos en la fachada de las armas de fuego, y los restos tiznados de los ataques con gasolina. Cuando Mandela fue liberado, se negó a mudarse a otra vivienda más lujosa y se quedó en esta casa, pero sólo durante once días, hasta que fue trasladado a una localización secreta hasta que se mudó, definitivamente, a su residencia actual (en Houghton). Mandela se separó de su segunda esposa en 1992 y se divorció en 1996, y fue ella quién la convirtió en este Mandela FamilyIMG_0126-crop Museum. En el jardín que la circunda, hay un árbol llamado “de los secretos” bajo el que están enterrados los cordones umbilicales de los tres de sus hijos que nacieron en esta casa: el guía que me lo cuenta no me sabe explicar porqué. La casa tiene una alcoba de paredes repletas de los títulos y distinciones de la familia Mandela, un salón donde una vitrina guarda los regalos que recibió Mandela al ser liberado (desde billetes de dinero a un cinturón de campeón de boxeo que le regaló Sugar Ray Leonard) y con una cama. El restaurante que hay cruzando la calle también es suyo, pero está cerrado por defunción: han pasado pocos días desde que una de las bisnietas de los Mandela murió en accidente de tráfico, mientras regresaba de la fiesta de inauguración del Mundial.Cuando salgo de la casa, el grupo de jóvenes que animaba la calle con sus bailes y cánticos ya no está.

IMG_0107-cropPero sí que están las Orlando Towers, dos torres térmicas que abastecían de electricidad a la Johannesburgo blanca y que, con la caída del Apartheid, se convirtieron en uno de los símbolos más reconocibles de Soweto y, por extensión, del país. Su estampa domina todo Soweto: hoy, también, son un punto de interés ineludible por los grafitis que las tapan y porque puedes hacer puenting desde sus azoteas, escalar las paredes interiores o tener una vista espectacular desde una plataforma suspendida (hay muchas más cosas, todas igual de adrenalíticas: puedes verlo en su página, en inglés).

Voy al Monde’s Place, un shebeen (un bar ilegal) que tiene un aire a club de amigos, por más que la señal de gunfree zone aparezca a modo de aviso. Joseph, el dueño, un cincuentón entrado en carnes vestido con una camiseta de los springboks, me dice un trabalenguas en xhanta, su lengua materna: alterna fonemas más o menos reconocibles con tres tipos distintos de cloqueos. Sí, de locos, y la versión inglesa del trabalenguas que me da mientras me pasa una cerveza Castle, me deja más o menos como estaba. IMG_0135-cropLas paredes de su shebeen están repletas de fotos en las que aparece él abrazado a famosos del país: no conozco a ninguno, pero disfruto de este acogedor lugar en el que no faltan la cerveza fría, sandwiches de huevo y pepino y una televisión sin sonido que sintoniza el mundial. Me despido de Joseph, y de Soweto: el atardecer austral cae sobre estas calles combativas, duras, repletas de vida e historia, a las que el Mundial está haciendo visibles en todo el mundo y que se están sacudiendo, a fuerza de trabajo e inversiones, todos los estigmas impuestos por y durante el Apartheid. Mi memoria está llena de escenas: es hora de volver a Johannesburgo. ¡Te espero allí!

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