Tarde de fútbol en Johannesburgo

P1020703Hace sólo unas horas que España ha enderezado su rumbo mundialista en el estadio de Ellis Park, el mismo en el que hace quince años Nelson Mandela entregó el trofeo de campeones del mundo de rugby a la selección sudafricana, un acto que supuso el fin simbólico del apartheid y el momento de arranque de esta Sudáfrica que, vuvuzela en mano, atruena el mundial 2010. Johannesburgo, la capital económica de Sudáfrica es de esos lugares que arrastran mala fama. Durante años, demasiados, fue el indigno escaparate del deleznable apartheid; acabado el régimen, la ciudad vivió el mismo proceso de despoblamiento del centro urbano que han vivido tantas ciudades en todo el mundo, lo que unido a su configuración un poco especial (un tejido urbano formado por multitud de barrios conectados por autopistas: si conocéis Los Ángeles, podéis haceros una idea muy aproximada) y a una pobreza rampante, forman los ingredientes del cóctel: mejor no aventurarse de noche por sus calles (especialmente en zonas como Yeoville, Bruma, Hillbrow o Berea) ni dejar el sentido común en la habitación del hotel. Con esas dos simplísimas instrucciones ?que, como viajeros, estamos muy acostumbrados a usar-, descubriremos la vitalidad y el empuje de Joburg ?como la llaman sus habitantes. Un empuje para el que basta con levantar la mirada hacia los imponentes rascacielos del downtown, ejemplo de la riqueza del país.

En estas semanas de Mundial, hay un lugar a dónde vamos a dar ?aún sin querer, como es mi caso- todos los viajeros y aficionados que nos encontramos en la ciudad: Mandela Square, en el acomodado y segurísimo barrio de Sandton. La plaza está dentro de un centro comercial ?Sandton City, el más grande del hemisferio sur-, y la estatua de Nelson Mandela que la preside es un hervidero de enviados especiales entrevistando a aficionados vestidos con los colores de su selección, futbolistas retirados, y personajes populares de todo tipo. 15062010065Todos los pasos de los viajeros acaban en esta plaza: y si pateas los alrededores de este imponente mall, lo que te vas a encontrar son avenidas arboladas, flanqueadas de modernos edificios de oficinas e inmensos locales comerciales, en las que no falta un tráfico fluido de coches de gama media y alta: vaya, que no notarás diferencias entre Sandton, Pasadena o cualquier otro barrio occidental de clase alta del mundo. Es así; pero lo que jamás será igual en este momento es la luz que me baña, una luz de atardecer de invierno austral, de un sol grande como yo nunca he visto, que aumenta la definición de todo lo que me rodea y que le arranca a todo ?la chapa bruñida de los coches, las coletas de las niñas que me sortean corriendo por la acera, la anciana entrada en carnes que llena paquetes de frutos- colores intensos: un Full HD real que está a miles de kilómetros de mi vida diaria. Pixels de realidad que definen mi paseo por Sandton, y es su luz -distinta a todas las luces- la que me hace abrir el foco de mis sentidos y captar lo que es completamente diferente a cualquier otro barrio de clase alta del mundo: los letreros pintados a mano en idiomas repletos de consonantes imposibles, los olores dulzones y desconocidos que humean del carrito de comida rápida ?¿o será lenta?-, o en el peón lleno de yeso que espera conmigo a que el semáforo nos ceda el paso y que, tras preguntarme de dónde soy, se indigna porque no entiende cómo España jugó contra Suiza con un solo delantero. Me alimento con eso: con saberme fuera, con encontrar y paladear lo diferente de cualquier detalle, aún de los más pequeños. Así que me paseo sin prisa por las calles de Sandton, me compro un estupendo mapa de Sudáfrica en una librería del mall y calculo, en el pequeño mapa del reverso, la distancia que me separa del Museo del Apartheid.

Museo del ApartheidEl Museo del Apartheid (abierto de 10 a 15h todos los días excepto lunes. Entradas: 40 rands) está a unos 30 kilómetros al sur del centro, en Gold Reef Park, un inmenso parque de atracciones que ocupa lo que fue una mina de oro durante el siglo XIX con casinos, hoteles y atracciones varias: el museo es parte del complejo. Su concepción es algo curiosa: en 1995, el gobierno sudafricano promulgó la apertura de casinos por concurso público, y los concurrentes tenían que presentar proyectos que, además, estimularan el turismo: así ganó la oferta que incluyó el Museo, rodeado por un jardín en el que descanso y que recrea la vegetación del Veld (la estepa) del interior del país. La visita por sus exposiciones no deja indiferente a nadie, y nadie quiera que algo así ?el Apartheid- vuelva a suceder.

Acabo la visita, y dejo tras de mí este imprescindible monumento a la memoria. En las medianas de la autopista arden los rastrojos: así, cuando lleguen las lluvias, la vegetación retoñará con más fuerza, además de ser -me dice mi conductor- la mejor manera de acabar con todos los mosquitos. No es la única sorpresa: donde quiera que mire -en los taludes, tras la autopista, en solares inmensos que separan la calzada de los townships-, hay multitud de inmensos montones de tierra con carteles que pone “se vende tierra excavada”: nunca se sabe dónde puede haber un par de quilates. Toda la ciudad es una mina -no se la conoce como “la ciudad del oro” por nada- y el buen Joseph que me lleva y me trae me promete que excavar en el jardín de cualquier casa de Johannesburgo y topar con el techo de una galería de una mina, es todo uno. Esa promesa de oro lleva siglos atrayendo gente a Johannesburgo: hoy, son más de ocho millones de habitantes. Sopla el aire, frío, rumbo a Ellis Park. ¡Te espero allí!

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