Japón, el país de las pequeñas cosas y los grandes pensamientos

(c) Viajeros BarceloNuestras mentes volaban a diez mil metros de altura, intentando asimilar lo que teníamos por delante. Era la una de la madrugada y volábamos a novecientos kilómetros por hora, jugando con el tiempo, atravesando la noche siberiana en busca del amanecer, rumbo al país que da la bienvenida al sol: Japón.

Las expectativas eran altas: avanzada tecnología, vestimentas excéntricas, aglomeraciones ordenadas… y se cumplieron con creces. La primera imagen que recordamos del país es la de una tecnología que, a priori, parecía anticuada: semáforos simples y austeros, coches funcionales, nada futuristas, y un “look” tecnológico más parecido a la década de los Ochenta. Pero eso es sólo la apariencia. Y es que es un país tan avanzado en la materia, que los avances están totalmente integrados, llevando la tecnología como un elemento más en su cultura, y sin los alardes que haríamos en otros países.

No tardó en aparecer la primera excentricidad en el momento más inesperado: la espera al autobús del aeropuerto: dos personas te atienden de inmediato, una para vender el ticket y colocar las maletas con el distintivo de tu parada, y la otra para situarte en unas filas ordenadas pintadas en el suelo, simple pero efectivo. Y lo fantástico de este país es que estos detalles no son obra de una agencia de viajes: es que es lo común. Desde ese instante sabíamos que nos encontrábamos a salvo, en un país donde todo parecía fácil para el extraño.

El primer gran impacto visual que nos llevamos en Japón fue en un austero edificio de más de cuarenta plantas. Sólo cuando nos fijamos en su entrada advertimos dónde estábamos: ¿Nuestro hotel? “No puede ser”, pensamos. Tenía todo lo que podíamos imaginarle a un lujoso hotel de cualquier película: aparcacoches con uniforme impecable, un hall enorme con un cerezo en flor en el centro, botones que se desvivían por facilitarte la estancia… “Estos de Barceló se han pasado” nos dijimos. Pero ese gran impacto visual no lo tendríamos hasta abrir las cortinas de la habitación. Indescriptible. Inabarcable. Increíble. Ante nosotros se extendía el skyline de Tokio, atiborrado de rascacielos discretos a distintas alturas, desde los casi cincuenta pisos del Gobierno Metropolitano, hasta las grandes oficinas, pasando por los luminosos edificios emblema del distrito de Shinjuku. Y poniendo la guinda a ese pastel de neón, en el lejano horizonte, el Fuji San nevado, estampa y símbolo de todo el país.

japon5parablogEl hambre agudiza el ingenio. Y los sentidos. E incluso es capaz de eliminar cualquier barrera idiomática o comprensiva; vamos, que teníamos hambre y allí era imposible entender un sólo letrero. Paseando por el barrio de Shinjuku vimos aparecer los omnipresentes McDonalds y Kentuckys, pero no estábamos dispuestos a malgastar nuestra primera cena en Japón en un restaurante que podíamos encontrar en el centro comercial de nuestro barrio. ¡A la caza de algo típico, pues! Las soluciones no tardaron en aparecer: a izquierda y derecha, a pares en cada calle, había restaurantes japoneses con sus escaparates jalonados de reproducciones de cera de sus mejores platos (¡a mi estómago le hubieran bastado esas falsificaciones!). Pero no parecían platos suficientemente originales o típicos, necesitábamos algo tipiquísimo. Sí, el de los dibujos animados, con el rótulo de tela colgando a media altura y su puerta corredera de papel. Y lo encontramos. Bastó con alejarse del neón, callejear diez minutos, pasar por unas callejuelas de pequeños locales y cruzar por el mismo lugar un par de veces. Pero mereció la pena, era perfecto: cuatro metros cuadrados en los que convivían la barra del restaurante (dotada de una pequeña barbacoa, unos “callos japoneses” calentándose en una olla, las brochetas frescas para elegir, y algo de verdura lavada), ocho taburetes dispuestos a lo largo de la barra, la dueña tras ella, cocinando y atendiendo, y unas escaleras muy empinadas que subían a lo que parecía ser un segundo piso más confortable. Evidentemente, optamos por lo más típico y menos cómodo: la barra. Tras una docena de brochetas, un par de incidentes con el cable de los callos, y un recital de “¡Lo tengo fresco, oiga!!” de la dueña (en japonés, claro) nos fuimos al hotel con la sensación de haber hecho los deberes, una cena típica en el restaurante típico más pequeño de Tokio. El viaje pinta bien.

Remontémonos meses atrás. A mediados de julio de 2009 nos comunicaron que éramos los ganadores del viaje a Japón del concurso Que me quiten lo viajado de Barceló Viajes. Nuestra imaginación tuvo un vuelo de corto recorrido: presuponíamos que el premio consistiría en el vuelo y el alojamiento. Días antes de partir supimos que éramos más afortunados de lo que creíamos. Tras el primer desayuno en Japón conocimos a la mejor sorpresa que nos tenía preparada Barceló: Akiko. Akiko sería nuestra guía en una serie de excursiones programadas dentro del paquete vacacional que habíamos ganado. Si de generalizar se tratase, y del análisis de Akiko hubiéramos de deducir cómo son los japoneses, diríamos que son tremendamente serviciales, atentos, alegres, peculiares, amantes de su trabajo, tremendamente serviciales, ¡y muy peculiares! Akiko era una perpetua sonrisa parlanchina, que sólo cambiaba el gesto cuando reflexionaba la traducción entre ambos idiomas, pero que volvía rápidamente a ensanchar la cara con aquella sonrisa plácida que no hizo más que sumar puntos a un país ya de por sí atractivo.

En Kyoto conoceríamos a Atsuki, nuestro segundo guía, que no haría más que confirmar nuestras sospechas: tremendamente servicial, alegre y muy peculiar (basta decir que canta coplas…) Atsuki nos habló de la importancia para los japoneses de ayudar y respetar a los demás. Este respeto extremo hacía por ejemplo que las parejas no se dieran besos en público porque rompía la armonía y quizá alguien podía sentirse molesto al verlo. Nos dijo que no nos preocupáramos, que nosotros ya rompíamos la armonía por el simple hecho de estar allí.

De nuestras visitas más puramente culturales o turísticas no describiremos sus virtudes arquitectónicas, artísticas o valiosas, pues cualquier guía del país o referencias wikipédicas pueden seros más útiles. Sin embargo, os relataremos aquello que no aparece en las guías, que sólo la experiencia más cercana te puede hacer explorar:

Torre de Tokyo: visitarla nos permitió descubrir los contrastes de la ciudad, desde una vista privilegiada: tráfico muy fluido y disperso, casitas centenarias luchando contra colosos de hormigón interminables… pero lo más curioso e importante estaba en el centro de la torre: una capilla sintoísta. En Japón, todo tiene un dios, y a los dioses se les respeta y se les venera. Luego TODO en Japón es respetado y venerado, desde el asfalto al Monte Fuji, pasando por una torre de acero, el mar, los teléfonos móviles, las piedras o el fútbol.

MaikoparablogMaiko: visitamos un restaurante tradicional en Kioto. Creímos que lo más curioso que haríamos allí sería descalzarnos, comer con palillos, etc. Pero la maître y Atsuki hablaban muy emocionados, y así vino a anunciarnos nuestro guía que en el restaurante había una maiko, y que pronto saldría. Yo no tenía ni idea de lo que era una maiko, pero pronto me sacaron de dudas: las maiko se preparan durante cinco años para convertirse en geishas. Lo que físicamente les diferencia es el maquillaje blanco en la nuca, para las maiko está incompleto. Todos los prejuicios y clichés sobre las geishas me invadieron, pero cuando hizo acto de presencia supimos porqué esa veneración. Son algo así como nuestras folclóricas pero sin ese aspecto rancio y hortera de la Pantoja, con un carisma y una presencia que invadía la sala.

Las máquinas expendedoras son toda una institución en Japón, las había de todo tipo y condición, en cualquier lugar. Eso sí, nos costó encontrar Fanta de naranja, según nos dijeron está pasada de moda!

Uno de los lugares que más ganas tenía de visitar era el cruce de Hachiko, lo había visto tantas veces y me había maravillado tanto su estampa que la primera visión que tuve de él desde la estación de metro me decepcionó. No era tan grande, ni tan diferente, ni siquiera tan concurrido como esperaba. Pero afortunadamente bastó cruzarlo una vez para que me volviera la devoción hacia este lugar. Sin duda alguna, dejarte arrastrar por la corriente de gente una vez que el semáforo se pone verde es una experiencia que engancha, no en vano estuvimos como veinte minutos cruzando de un lado a otro, alucinando como buenos guiris.

Un capítulo entero necesitaría la surrealista y extrasensorial experiencia de visitar un maid cafe. Nada más abrirse la puerta del ascensor que llevaba al local, dos sonrientes maids vinieron hacia nosotros y casi nos arrastraron hacia dentro. Las maids son unas jovencísimas camareras que van vestidas de sirvientas tipo manga. Lo primero que hicieron fue dejarnos muy clarito las normas del local, es lo único que estaba en inglés: no se las podía tocar, ni hacer preguntas personales, ni pedir citas, ni mucho menos ser soeces o hacer fotografías. Era como estar en el mundo de Candy Candy, aderezado con los vítores de las maids, un continuo griterío edulcorado y cancioncillas pegadizas que anunciaban que alguien se había tomado alguna bebida o comida. Por un “módico” precio podías jugar o hacerte una fotografía con ellas, y tomarte un combinado, el cual te dedicaban grácilmente mientras agitaban la coctelera delante de ti coreando tu nombre, a la par que el resto de la sala repetía las canciones. Una experiencia muy divertida, pero tan extraña que no basta con explicarla, hay que vivirla.

Sin lugar a dudas, Japón es el país de las pequeñas cosas y los grandes pensamientos, un lugar que las palabras desmerecen y sólo los sentidos pueden apreciar.

Silvia Benítez es una de las ganadoras del concurso “Que me quiten lo viajado”, convocado por Barceló Viajes en 2009.

¿A qué esperas para viajar a Japón? ¡Hazlo aquí!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>