La mañana me llega en Vík, ante los farallones de roca en medio del mar, junto a una playa de guijos negros, que son tan espectaculares como los esperaba. El día comienza a cambiar su color gris por una lluvia que cae con fuerza, y yo continúo camino para llegarme hasta uno de los parajes que más me han impresionado en la isla.
A poco más de veinte kilómetros de Vík, un cartel a la derecha indica Alftaver. Nada más tomar el desvío, un panel con una ruta esquemática indica la vía a seguir hasta Þykkvaboejarklaustur. Se han tomado la molestia de crear un pequeño mirador para contemplar desde una cierta altura el paisaje, lo que se agradece. Nada que decir ante este paisaje de conos volcánicos: silencio, ante una naturaleza que se ha molestado en forjar un mundo irreal.
La próxima parada es Kirkubaejarklaustur, donde no hay nada que hacer, pero la gasolinera está muy animada y me apetece comer algo. Hoy toca una sopa, como siempre, y un pescado frito rebozado que me recuerda la comida rápida americana. El ambiente, hoy, me parece algo frío, algo distante, y me pongo a revisar los mapas: ya me están entrando ganas de presentarme ante el Vatnajokull. Así que salgo rápidamente. A medida que te vas aproximando, el glaciar va cambiando de cara y mostrando nuevas imágenes. Una zona se nota muy afectada por la nube del volcán Eyjafjalla. Me detengo en el aparcamiento de Skeldarsandur, donde se ven las huellas de una catástrofe anterior, los restos de un gran puente de hierro que se llevó una de las muchas crecidas y que ahora sirve de tobogán para que jueguen unos niños. Eso es todo cuanto queda de un gran puente con el que se pretendía salvar aquel pequeño curso de agua.
Un poco más adelante, el gran espectáculo del glaciar y, contemplándolo, cientos de personas que, cámara en mano, se protegen del frío. El hielo de la lengua del glaciar un poco antes de llegar al mar se ha desintegrado en cientos de pequeños icebergs. Todo este espectáculo tiene lugar en Jokulsarlon. Hay mucha gente, por lo que no utilizo el vehículo anfibio que realiza el recorrido por el lago.

Höfn apenas me retiene un momento en su puerto camino de los fiordos del Este, por un paisaje donde destacan las formas cónicas de las montañas. Un alto junto al faro de Hvalnesviti, desde donde se contempla una costa negra y, hoy, unas nubes bajas que ocultan las montañas.
A partir de este faro comienza la ruta de los fiordos del Este, una sucesión de úteros creados por la tierra para acoger al mar y en cuyo fondo el hombre ha plantado su semilla; mejor dicho, ha fijado sus raíces, su morada. Los pueblos son bonitos, y merece la pena hacer un alto y recrearse con el espectáculo de estos pequeños puertos donde la actividad diaria no ha sido entorpecida aún por los turistas. El único que tiene un trasiego de barcos más importantes es Seyđisfjördur, pero es que desde aquí parten los barcos que van a Dinamarca.
Algo de esa animación llega a Egilsstađir. La ciudad, a orillas de un apacible lago, no es gran cosa pero hay algo que despierta mi cariño, su gasolinera junto a la N 1, punto de encuentro de sus habitantes y una parada obligatoria para conocer la Islandia más profunda. Allí encamino mis pasos, dejando a un lado los prados donde pastan las vacas de las vecinas granjas, y me dejo llevar por la curiosidad y observo sin prisa el ir y venir de sus gentes, su forma de saludarse, qué toman: me siento un pequeño voyeur que ha sido invitado como testigo a su espectáculo. Se me pasa el tiempo y me dirijo a una granja en busca de alojamiento. Es una especie de pequeño hotel con las habitaciones en la primera planta y la explotación ganadera en la parte posterior, junto al lago.

Desde aquí a Mýtvan son algo más de 160 kilómetros por una carretera asfaltada a tramos, a veces de tierra con un túnel que salva una pequeña montaña y que discurre por unos parajes donde la palabra inhóspito responde a la primera sensación que causan en el espíritu. A ambos lados, no hay nada, solo tierra y piedras. Y así kilómetro tras kilómetro, con la sensación de que no se avanza a pesar de ver cómo va bajando la aguja que señala el nivel de la gasolina. Montes cuyas laderas se han vuelto uniformes, casi perfectos como un cono, por los derribos de pequeñas piedras. A veces las nubes se colocan formando una corona de niebla a mitad de la montaña dejando despejada su cima para que sirva de faro. El tiempo parece detenerse lo mismo que el paisaje, la “monotonía de lluvia tras los cristales” que decía Machado. Aquí, la monotonía de la lluvia en el camino y la carretera.

La aventura por estas tierras continúa hasta la cascada de Dettifoss. El salto no es muy grande pero la gran cantidad de agua que lleva impresiona. Y el mismo adjetivo sirve para describir el paisaje que hay delante de la cascada: un cañón formado probablemente por el retroceso del salto de agua en su canción de los siglos… (CONTINUARÁ)
Ángel Ingelmo es viajero y autor de libros y guías de viaje.
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