
Hay un lugar que está incrustado para siempre en mi pasaporte viajero: Jaipur, la Ciudad Rosa de la India. La capital del estado de Rajastán es de esos lugares estimulantes en los que el concepto de Viaje alcanza su mayor expresión: una inmersión completa en una realidad cuyo recuerdo te acompaña siempre y que nunca podrías haber imaginado de no sentirlo en primera persona.
Y no es sólo -que también- por el inconmensurable festival para los sentidos que supone pasear entre el río de vida que inunda las calles y avenidas de la ciudad. Jaipur es India, y se define en el bullicio casi infinito que te rodea y que se eleva por encima del estruendo de un tráfico rodado tan intenso que te parecerá de ciencia ficción, tan numeroso e inconmensurable como las gotas de agua en una tormenta: coches, motos, camiones y, entre medias, todo lo que pueda moverse impulsado por un motor de gasolina. Miles de vehículos que colapsan las vías y que sortean a los peatones –entre ellos, tú- que cruzan las calles y se arrojan a las rotondas de la única manera posible: sin pensarlo, con una frialdad y una osadía que acomplejan al viajero –pero sólo unos minutos: los que tardas en comprender que, o tú también te comportas así, o jamás cruzarás esa calle. Y tienes que cruzarla.
Así, como en el resto de la India, simplemente pasear por Jaipur es olvidarse de todo lo que no sea la ciudad en sí, del paseo. No sabrás dónde posar la mirada, a qué sonido atender: todo es estímulo viajero. Desde el carrusel de olores -especias, fritangas, combustible mal quemado, humanidad- al guirigay de los vendedores del zoco o la contemplación de los brazos de cables eléctricos que tapan las fachadas, cualquier encuadre que hagas de Jaipur te va a proporcionar un recuerdo viajero inolvidable.
Sorprendentemente tratándose de India, Jaipur es una ciudad joven: se fundó en 1728, y su apelativo de “Ciudad Rosa” le viene del estuco rosado –que imita a la arenisca- con la que está construida gran parte de la ciudad. En 1905, una visita oficial del Príncipe de Gales empujó al Maharajá de entonces a ordenar pintar de rosa la ciudad: desde entonces, este color se considera en Jaipur un símbolo de la hospitalidad. El lugar más conocido de Jaipur –hay competencia- es el Hawa Mahal, o Palacio de los Vientos. Construido a caballo entre los siglos XVIII y XIX, y situado en una muy populosa calle del centro de la ciudad, formaba parte del Palacio de la Ciudad y servía como harén: por sus 953 ventanas, que permitían que el edificio estuviera fresco incluso en verano, las cortesanas del harén se asomaban para contemplar el tremendo espectáculo de la vida cotidiana de Jaipur, ¡no más interesante para el viajero entonces de lo que resulta hoy!
Muy próximo al palacio te vas a encontrar con el Observatorio de Jantar Mantar. Una locura, un capricho de un majarája que mandó construir en 1716 un complejo astronómico al aire libre formado por relojes solares, astrolabios, columnas, construcciones que representan las casas del Zodíaco… a una escala sobrehumana. Una maravilla de la ciencia de su época que, en el día en que acudí yo, era visitado por una imperturbable multitud local que desafiaba una temperatura de 50ºC. El Observatorio es adyacente al Palacio de la Ciudad, un inmenso complejo en el que aún vive –cuando no está en Londres- el Maharajá de Jaipur. Conformado por patios y edificios que conserva en el sector central el Museo del Palacio, se comenzó a construir a finales del siglo XVIII y es una síntesis casi perfecta de los estilos hindú y mogol. Las bóvedas están cubiertas de diminutos espejos, hay elefantes de tamaño natural realizados en mármol, puertas enchapadas en oro y pavos reales esmaltados.
Cuando salimos de la ciudad rumbo al Fuerte Amber, vemos algo en la lejanía, desde la carretera, que hace que nos preguntamos si estamos soñando: es la vista del Jal Mahal, el palacio del agua. Ubicado en medio del lago de Man Sarobar, se puede acceder a él a través de un puente pero también, en el invierno, caminando sobre el lecho del lago, cuando está seco. Fuera de la ciudad, como digo, a unos 10 km, una construcción quita también el hipo al viajero que se acerca a ella. En lo alto de una colina, y dominando la ciudad, el Fuerte Amber hace que la imaginación se dispare, y vienen a nosotros todas esas escenas de películas en la que los exploradores como Indiana Jones hacían de las suyas. La ascensión al Fuerte se hace a lomos de elefante: la subida, ardua pero rápida, nos regala unas vistas impagables de Jaipur, el lago Maotha y la los restos de la muralla de la ciudad. El Fuerte que disfrutamos hoy fue construido entre los siglos XVI y XVII, y es un tesoro cuyo recuerdo nos acompañará siempre. ¡Nos vemos allí!
¿Quieres saber más sobre la India? Lee aquí el reportaje de Marta Robles “India, puerta del cielo”.





