Barceló NY Marathon: Llegada a la meta

Nueva York no se acaba nunca. Jamás. Es una ciudad imantada ante la que resulta imposible no sentirse atraído, impresionado y, sobre todo, vivo. Su electricidad contagia a todo el que acoge, sea residente o viajero. Soy consciente de que, como siempre, tendré nostalgia durante días de este buzz neoyorquino que me acompaña y que me estimula. Ni siquiera estas últimas horas del Barceló NY Marathon son mal momento para comerse a bocados esta Gran Manzana a la que bautizaron así los primeros jazzmen y bluesmen del Delta, a quienes tampoco arredraba el clima, ni la crisis, ni nada que no fuera la certeza de que, si lo consigues aquí, lo conseguirás en cualquier otro lugar.

Camino sin prisa, arrinconando la idea de que se acaba nuestra aventura viajera y solidaria, el objetivo en el que tantos y tanto hemos trabajado. Gracias a una aplicación que tengo en mi Smartphone sé que Darío y Pilar están corriendo por las calles de Staten Island, y me alegro de que el momento de enfrentarse al reto de la carrera tenga lugar en esta bellísima mañana, cálida, despejada, primaveral, con una luz que me permite apreciar todos los detalles de las fachadas de hierro colado, todos los remates de las gárgolas… Para cuando yo estoy paseando por el mercadillo de la Sexta Avenida, rebuscando entre los cajones de fotos viejas, Darío y Pilar ya han dado buena cuenta de unos cuantos kilómetros y están corriendo por Brooklyn: experimento cierto placer culpable al ver cómo se mueve la señal del navegador mientras doy cuenta de una arepa de carne mechada de res y queso, un manjar que me recuerda mis viajes por Venezuela y ante el que, tras una docena de puestos ofertándolos, no me he podido –ni querido- resistir. Te aseguro que la Street food neoyorquina hace mucho que dejó de ser coto de la peor comida rápida y alimento exclusivo de oficinistas apresurados sin tiempo para comer y policías de servicio para convertirse en –uno más- espejo de la vitalidad de la ciudad: la gastronomía del mundo entero te aguarda en las esquinas de Nueva York, bien sea en un carrito, en una Ford customizada o en un chiringuito de mejor o peor gusto. Comida turca, caribeña, eslava, tailandesa… pero también vegetariana, orgánica o realizada con ingredientes “slow food”. Aquí puedes consultar un completísimo mapa actualizado de todos los puestos de venta de la isla de Manhattan.

Soy uno más de la multitud que se agolpa en las aceras de Columbus Circle, intentando llegar al Globo de los pies de la Trump Tower, punto de encuentro de los miembros de Barceló NY Marathon Team. Tarea casi imposible: cuando lo consigo, ya me está esperando un Darío exhausto pero feliz, exultante por haber terminado la maratón en un tiempo de 3h28’; Pilar lo hará en 4h14’14’’. ¡Lo han conseguido! Todos estamos emocionados, felices (y puedes leerlo de su puño y letra en su blog): lo celebramos con una magnífica cena en The Strip House (13 East 12th St., www.striphouse.com), conocido y recomendabilísimo restaurante de Union Square donde comer una estupenda carne y donde me llamó mucho la atención la decoración de las paredes, compuesta por fotos de mujeres desnudas de comienzos del siglo XX, pero no tanto como la respuesta de muchos de los comensales, que prorrumpieron en aplausos cuando vieron las medallas que colgaban de los cuellos de Darío y Pilar, y que les distinguían como finalizadores de la maratón.

Para brindar por nuestros corredores nos dirigimos a uno de los locales históricos del Greenwich Village, el Duplex, un piano bar mínimo (en la esquina de Christopher St con Sheridan Sq, www.theduplex.com) que desde hace más de medio siglo permite que suban a cantar a su tarima no sólo sus camareros –caso de la nuestra, una tal Poppi Kramer que, además de servir unos excelentes y generosos gin & tonics, se come el micrófono con un imponente chorro de voz-, los actores de musical que hacen del bar su descanso del guerrero y, también (o sobre todo) cualquiera de nosotros: desde cumpleañeras del Uptown con una copa de más a viajeros españoles… Así que si quieres decir a tus nietos que, una vez, actuaste en el Village, este es tu lugar: todas las noches a partir de las 21h te esperan para que te lances con los acordes de “Somewhere over the rainbow”, o ese tema de Burt Bacharach que nadie clava como tú.

El South Street Seaport, el antiguo puerto de Nueva York, es un buen lugar para, a la mañana siguiente, comenzar a despedirnos de la ciudad. En sus doce manzanas se concentra el mayor número de edificios comerciales del siglo XIX de toda la isla –antiguos almacenes, lonjas de pescado, oficinas…-, y siempre hay grupos de colegiales visitando los buques del South Street Seaport Museum, atracados entre los muelles 15 y 17 (mi favorito es, claramente, el Peking). No te van a faltar propuestas de shopping en sus doce manzanas, pero yo te recomiendo que no dejes de visitar el bar más antiguo de Nueva York, el famoso Bridge Café, o que tomes algo en cualquiera de las terrazas del Pier 17, con unas vistas preciosas que enmarcan el puente de Brooklyn, los veleros del museo y el skyline que se asoma a esta esquina de Manhattan.

El buzz neoyorquino que ha sido la banda sonora de este viaje a Nueva York también está presente, aunque algo tamizado por la vegetación, en los viejos raíles del tren que dan forma al High Line Park (www.thehighline.org), el parque urbano que se convierte en el último escenario de este Barceló NY Marathon. El Highline Park nació gracias al esfuerzo de los residentes de la zona y se ha convertido, además de uno de los spots imprescindibles de Manhattan, en ejemplo de regeneración urbana para otras ciudades (un proyecto muy similar se está llevando a cabo ahora mismo en Philadelphia). El parque arranca de Gasenvoort Street, en el Meatpacking District, y llega hasta la calle 34, entre las avenidas 10 y 11; hay varios accesos, algunos de ellos con ascensor, como los de West 16th Street, 23rd Street, o West 30th Street: Puedes descargarte un mapa del parque aquí (en inglés). En una muestra de la efectividad del movimiento social estadounidense, el 90% del presupuesto del parque –que es de titularidad pública- proviene de los fondos privados que recolecta la asociación vecinal que mantiene el parque. En esta época del año puedes patinar sobre hielo en la pista del Standard Hotel que abre todos los días (a partir del mediodía entre semana, y desde las 9h los sábados y domingos. Entrada: 12$, y el alquiler de los patines, 3$) y también puedes tomar clases de media hora para aprender a patinar. En un restaurante a los pies del parque, el Cook Shop (156 10th Avenue, www.cookshopny.com) brindamos por la causa que nos ha traído a Nueva York y por el éxito de este Barceló NY Marathon que ahora, ay, sí, acaba… ¡Te espero allí!

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