Mi viaje a Busán, por Ana Álvarez

En Corea del Sur existe la costumbre de tener dos nombres; el impuesto al nacer y un segundo, occidental, que se elige a lo largo de la vida. Por esa razón conocí a Shin-ji que jugaba a ser Rose o a Kim Young-ho que prefirió llamarse Daniel. Del mismo modo actuó Busán -ciudad en la cual transcurrió mi estancia en el país- cuando, imbuida por el animismo de la mitología oriental, se presentó ambigua y en plena metamorfosis. Busán resultó, para mí, crisálida pero también mariposa. Recorrerla fue cubrir los pasos entre los extremos de un dial. Ir de fuera adentro; del pasado al futuro, de lo ancestral a lo globalizado, de Shin-ji a Rose.

Al bajar del avión, la ciudad nos recibió cubierta de una atmósfera gris y plomiza que permanecería hasta el último día y que lejos de molestar, teñía el paisaje con una luz diferente, esencial para la experiencia que yo viví. El autobús que tomamos en dirección al centro parecía llegado de Corea del Norte. Era anacrónico, con visillos de encaje violeta y una descomunal palanca de cambios, impropia del mismo país donde los GPS, en los taxis, muestran una ciudad en 3D. El autobús enfiló los suburbios de la ciudad y una sensación de decadencia fue invadiéndome, poco a poco, hasta el punto de ubicarme en otro país. Podía imaginarme atravesando Polonia, Rusia o cualquier lugar de la Europa del Este cuya estética me conmueve por sobria y melancólica. Ante mis ojos desfilaron monótonas las naves de la zona industrial entre las que aparecía encajada, de vez en cuando, una casita con tejado a modo de templo. Después vinieron los barrios pobres con sus moles de edificios toscos y sórdidos, desvencijados y austeros, pero a partir de ese instante todo empezó a transformarse. La ciudad comenzó a mutar como un gigante que se desperezara de un sueño para dinamizar el paisaje y rejuvenecerlo. Avanzábamos hacia el centro. El indicador nominal se desplazaba vertiginosamente; Busán empezaba, por fin, a ser oriental gracias al juego de colores y grafías de los carteles que, ahora sí, surgían a una velocidad pasmosa. Rótulos de todos los tamaños anunciaban mensajes secretos. Sin conocer el idioma, no podías hacer otra cosa que proyectar enigmas en los letreros. A veces, los ideogramas eran juguetes ininteligibles y divertidos como alegres marcianitos de Toy Story. Otras en cambio, mostraban las huellas de preguntas metafísicas. Los estímulos eran continuos. Por momentos, creí reconocer el paisaje de Tokio. En los paneles de los autobuses, las letras brillaban rojas, azules y verdes para después saltar al aire e inundando de vida las calles,  volver cinematográficos cada uno de los rincones.

Seguimos avanzando y llegamos al mar. Desde la ventana del autobús vi la playa de Gwangan, rodeada de rascacielos. A la izquierda, dos edificios siameses de aspecto naif que parecían sacados de un comic manga y al fondo un majestuoso puente, similar al Golden Gate, cuyo nombre era Diamond Bridge. El atardecer caía sobre aquel mar invernal. Las luces de colores que iluminaban con publicidad las oficinas, y los ejecutivos con traje caminando a lo largo del paseo marítimo, me hablaron de un mundo futurista capaz de ser estático y dinámico al mismo tiempo. Entonces proyecté una pregunta sobre los signos coreanos que adornaban el horizonte; ¿podría Theo Angelopoulus rodar aquí una versión de Blade Runner?

Aquel día mi destino fue el Haeundae Grand Hotel. Al siguiente, los contrastes comenzaron apenas me desperté. Fue asomarme a la ventana de la habitación y la pantalla de televisión más grande que jamás pudiera imaginar me sorprendió a lo lejos, sobre un edificio. La nitidez de la imagen desafiaba cualquier luz y distancia. Salí a la calle, frente al mar, y cogí un taxi. Nuevas pantallas vanguardistas iban a impresionarme pues los coreanos conducían contemplando telediarios o partidos de béisbol mientras, paradójicamente, seguían usando viejas cintas de cassettes en sus equipos de música. En el centro, me incorporé al gentío que deambulaba por las calles. Los coreanos caminaban deprisa y en ocasiones, te empujaban. Hablaban alto. Apenas pronunciaban el inglés y cuando lo hacían, su acento resultaba difícil. A pesar de todo, fue sencillo comunicarse. Todo el mundo era amable. El auge económico del país se percibía en el espíritu, en la actitud vital… Busán es una ciudad joven con un comercio fuerte. Hay tiendas por doquier; el dinero se mueve, la gente consume. Y aunque el paisaje pareciera idéntico al de una ciudad occidental próspera, Busán es diferente.

Continuará…

Ana Álvarez (Jerez de la Frontera, Cádiz) es una de las más populares actrices españolas. Visita su página web oficial en www.anaalvarez.net

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