Buenos Aires, “el París de Sudamérica”

En estas fechas, la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires sabe a primavera, primaveras de Noviembre, con colores de magnolio y jacaranda. Muestra orgullosa sus parques de domingo con césped de estudiantes y reposos, con alergias de hemisferio sur.

Buenos Aires es española e italiana, pero no niega su gusto por lo francés, y así, compite con París por ser la ciudad de la luz. Esta luz intensa nos ciega a los que traemos los ojos ya preparados para las puertas del invierno. Luz que hace florecer la ciudad, y hasta flores metálicas abren sus pétalos para recibir los rayos del sol. Sólo se tamiza a la sombra de los árboles gomeros, que, cansados de tener tan grandes brazos, necesitan de apoyo para no echarlos al suelo; quizá tengan las ramas ya cansadas de soportar niños y sueños trepando sobre ellas.

Buenos Aires es francesa en avenidas y palacios; como otros Campos Elíseos, la Avenida 9 de Julio está orgullosa de su espacio, que parece trazado a cordel desde el Obelisco. Y es también parisino el cementerio de La Recoleta, semejando al Pére Lachaise de la capital del Sena, que iguala en el tiempo a unos y a otros y los diferencia sólo a través del arte que los cubre. Apellidos en Recoleta de antepasados de allí y de aquí, angostos pasillos para encontrar a la huésped más notable: la señora Duarte, Evita. Incluso los dioses tienen acomodo en la tierra y Evita, diosa argentina, no iba a ser menos.

Buscamos los encantos de Palermo y los lujos de Alvear, vivimos los comercios de Lavalle y Florida y tenemos recuerdos de pañuelos blancos en Plaza de Mayo.

Hubo allí vueltas y vueltas en un carrusel del dolor y contra el olvido, y ¡frente a la Casa Rosada, para hacer aún más grande el grito! Testigo de estas madres y abuelas, un templo griego y una catedral católica, o un templo griego en una catedral católica o una catedral católica en un templo griego o  ¿Quién sabe?

Camino de la Boca, Buenos Aires se vuelve un punto canalla. Canalla portuaria con griterío mediterráneo. Se van haciendo metálicas las casas. La necesidad hace gruesas las paredes, aunque sean de hojalata. Se escuchan gritos de otros días en la Bombonera, otro de los templos paganos de la ciudad. Al llegar al pasaje Caminito, explotan los colores.

Uno se pregunta por qué el tango se baila en negro en medio de este paisaje de color, porqué suena triste la milonga con tanta vida alrededor. Como en Yira, será que todo es mentira, hasta las mismas fotografías que nos hacemos queriendo ser los tangueros que no somos.

Recupera la ciudad su orgullo portuario en Puerto Madero. Parece avergonzarse de lo que fue y reconvierte depósitos de mercancías en parrillas de buen comer. San Telmo prolonga su mercado para mostrarnos historias de abuelos argentinos y españoles, nostalgias de pasados comunes.

Recorrida la ciudad, ya en el descanso, se hace cierta la letra de aquel tango: “Mi Buenos Aires querido”

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Félix SimónPB250068

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