Llegamos a la provincia de León en coche, atravesando las amplias y solitarias llanuras castellanas. Para empezar nuestra visita recurrimos a nuestros contactos locales que nos recomendaron detenernos en un pequeño pueblecito a unos 25 km de la capital, Valdevimbre, para probar alguna de sus famosas cuevas-restaurante.


Ya cuando entras en el pueblo te das cuenta de que en los pequeños montículos de tierra que rodean la carretera se abren unas puertas de madera… ¿casas?, en la parte más alta sobresalen de la tierra unas chimeneas que nos lo confirman. No puedo evitar recordar las casas de los hobbits que visité hace un año cerca de Matamata en Nueva Zelanda. El antiguo decorado de Hobitton es hoy una verde colina salpicada de pequeñas puertas circulares, los “hobbit-holes”.
Pero volviendo a Valdevimbre, aquellas grutas abiertas en la tierra no sólo eran viviendas, sino también restaurantes. Escogimos la Cueva del Cura aunque seguro que vosotros podríais hablarnos de muchos otros sitios igual de buenos. Al entrar en estos laberínticos pasillos que unen estancias de diferentes tamaños, tiene uno que acostumbrarse a la tenue luz que lo baña todo. El lugar no puede ser más acogedor, y la comida no puede ser más deliciosa.
En una sala decorada con una enorme prensa de madera (vestigio imaginamos de su pasado como bodega) que no acertamos a averiguar como pudieron introducir en la cueva, degustamos la tradicional cecina, morcilla leonesa, y compartimos un chuletón de kilo doscientos que le hizo a Juan la boca agua mucho antes de haberle dado un bocado… Para llenársele a uno los ojos de lágrimas… esto está MUY BUENO!!
















¡Eso es un chuletón y lo demás son tonterías! Yo es que soy un loco de las escapadas gastronómicas.
Comentario de Antonio — Diciembre 11, 2008 @ 4:48 pm
Hola, espero que la copa que acompaña al chuletón sea de Prieto Picudo, la uva estrella de esa comarca. Vinos ideales para el chuletón. Naturaleza sabia. Bicos.
Comentario de Cris — Diciembre 12, 2008 @ 3:08 pm