Así se siente uno cuando llega a la isla de Mallorca en pleno puente de diciembre, parece que resuenan aquellas notas del dúo dinámico “el final, del verano, llegó… y tu partirás…” y Tito, Piraña y todos nosotros llorando como magdalenas. Pues sí, estos lugares tan veraniegos tienen un aire melancólico y triste en invierno, piscinas vacías, tumbonas abandonadas y chiringuitos cerrados nos recuerdan que esto en verano debe ser la caña, pero en invierno… no tanto… falso!! Hemos descubierto que esta isla tiene mucho que ofrecer lejos de las hordas de alemanes y las aglomeraciones veraniegas.
Para empezar, en el Barceló Albatros nos dieron una habitación espectacular, terraza incluida, desde la que disfrutar de los amaneceres sobre el mediterráneo. Aunque en esta isla siempre hay turistas, son pocos. El tráfico mejora, hay sitio para aparcar junto al hotel… y los mallorquines se relajan del estrés veraniego y despliegan su amabilidad y su sonrisa.
La chica de la oficina de turismo de Calviá nos dedicó encantada media hora de su tranquilo tiempo dándonos mil y un detalles de la isla: -esto, huy esto hay que verlo eh?… y esto también… y esto…
Así que con nuestro coche alquilado (muy recomendable si venís a Mallorca) y nuestros mapas nos dispusimos a conocer la isla a fondo, al menos lo que nos diera tiempo…había muchos rincones que descubrir.













