Una de nuestras mejores excursiones fue a la punta más septentrional de la isla, sin duda uno de los lugares más salvajes y apartados de ella. El cabo Formentor, allí donde la carretera se acaba. Un paisaje espectacular de rocas, mar y viento.
Atravesamos la isla de cabo a rabo en poco tiempo por la estupenda autovía que te lleva casi hasta Alcúdia, y al poco de pasar por el Puerto de Pollença empezamos a subir hacia la montaña. Nos detuvimos en un mirador a la izquierda de la carretera, justo antes de empezar una bajada, estas fueron casi nuestras vistas favoritas. Sobre unas escarpadas paredes de roca veíamos el mar allá abajo, golpeando fuerte, escarbando la piedra. Acantilados a ambos lados y mucho viento, una sensación de libertad absoluta nos recorría el cuerpo.
Poco después llegamos a la Cala del Pi, con sus aguas azul turquesa. Allí cerquita, entre la espesa vegetación se adivinaba a duras penas un edificio blanco… ¿sabíais que hay aquí un hotelazo Barceló? Pues sí, no pudimos visitar el Barceló Formentor porque estaba cerrado en esa época, pero el lugar parece inmejorable, un emplazamiento realmente escondido, un pequeño paraíso.
La carretera todavía seguía sobre vertiginosos acantilados desde los que se divisaban espectaculares calitas azules. Unas cuantas curvas después llegamos al punto más remoto, al faro que finaliza el camino y que señala el cabo Formentor. ¿Cómo llegarían aquí los antiguos fareros, cuando la carretera no era lo que es hoy? Seguro que era toda una aventura llegar a este remoto, salvaje y hermoso lugar.

















