Estábamos listos para empaparnos del encanto de esta ciudad donde se respira alegría y devoción por los cuatro costados. Desde la bonita alameda central, abarrotada de floristas, nos dejamos perder por las calles del centro, camino de la calle Larios: arteria social de la ciudad.
No tardamos en encontrarnos lo que creíamos que era una procesión, pero nada más lejos de la realidad, eran rocieros camino de la ermita de la virgen del Rocío. Ataviados con sus trajes de faralaes, peinetas y medallas, acompañaban a un interminable desfile de carretas, cada una de ellas, una fiesta ambulante. A cada paso paraban y cantaban para deleite de los turistas, como nosotros, que contemplábamos curiosos la escena.
El tentempié perfecto nos lo tomamos en el pasaje de Chinitas, donde estuvo el popular café que Lorca cantó en su poesía. En una de sus múltiples terrazas paramos para tomar una cañita y una tortilla de camarón, de las ricas ricas.
Para comer, nuestros amigos Alberto, Ellie y Cloe, nos llevaron a la cercana Fuengirola donde tapeamos en el barrio de los Boliches, junto a la playa. La estrella fueron las berenjenas fritas con miel de caña y el cúlmen el helado de “Málaga Virgen” de la heladería Verdú.
Pero todavía quedaba mucho que ver, y volvimos a la ciudad por la tarde.


















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Comentario de Raquel Morente — Agosto 3, 2009 @ 8:01 pm