Escogimos la carretera de la costa noroeste mallorquina y salimos a la aventura. El primer pueblo por el que pasamos, San Telmo, en el punto más occidental, confirmaba nuestras expectativas de encontrar algún pueblo fantasma, ni un alma había en sus calles, solo las ramas que empujaba el viento y algún perro solitario que ladraba a nuestro coche. Pero la cosa se fue animando.
Seguimos hacia el norte, con el mar a nuestro lado, viendo como el verde se hacía más intenso a medida que subíamos las montañas. Aquí y allá parábamos en miradores y antiguas torres de vigilancia, dejándonos golpear por el viento que subía el olor a salitre de las olas.
En Valldemosa, con mucha más actividad, nos dejamos impresionar por su pasado, sus callejuelas antiguas, y su espectacular Cartuja donde Chopin pasó unos meses a principios del siglo XIX. Visitamos las estancias que alquiló y en las que compuso algunos de sus famosos preludios. Nos fascinó la paz y la quietud de sus pequeños jardines privados… sin duda el lugar perfecto para encontrar la inspiración.
Luego vino Deià, más pequeño, con su pequeña iglesia en lo alto de la colina y sus casitas ocres. El pueblo estaba a medio gas, se respiraba tranquilidad. Los restaurantes que nos recomendaron estaban cerrados, pero acertamos eligiendo el acogedor Xelini y disfrutamos de sus tapas y de su ambiente.
Sóller es mucho más grande y animado, muy conocido por el pequeño tranvía que recorre el pueblo camino del puerto. Pero no lejos de allí descubrimos una pequeña joyita entre las montañas, Fornalutx. Un pueblo encantador con pequeñas casitas y plazuelas de piedra, uno de esos lugares que transporta al viajero al pasado.
Tras un día agotador volvimos a Palma. Para atajar cogimos el túnel de Sóller que ahorra un buen montón de curvas de montaña pero cuesta la friolera de 4 euritos de na. Vosotros veréis pero se ataja muchísimo.



















