A estas alturas os habréis dado cuenta de que esto de viajar y visitar sitios nos encanta, pero si algo nos vuelve locos es experimentar la gastronomía de los lugares por los que pasamos. Así que a pesar del espectacular desayuno del Barceló Renacimiento en el que nos alojamos, salimos el sábado dispuestos a probarlo todo.
La oferta es infinita en Sevilla pero hay que escoger, y optamos por el tapeo errante, el de una cañita aquí, vinito allá, y tapitas por doquier, para así conocer más sitios. En el barrio de Santa Cruz hay un montón de bares en los que un sábado al mediodía apenas cabe un alfiler, pero nuestra máxima suele ser: si está “petao” por algo será y no nos amilanamos. Además siempre se puede tratar de ir pronto y encontrar un sitio estratégico en la barra.
En la calle Mateos Gago, a escasos metros de la catedral, nos encantó la bodega Las Columnas, donde unos camareros que no pierden nunca el buen humor te sirven, entre gritos a cocina, deliciosas pringás: ese rico mejunjillo de carnes cocinadas a fuego lento y desmenuzadas sobre pan. Este fue el primer lugar donde vimos que la cuenta se llevaba en la barra, justo delante de uno, escrita con tiza a medida que vas consumiendo para ser borrada una vez que pagas. Luego veríamos que se hace así en infinidad de bares.
No lejos de allí callejeando por la zona peatonal, nos detuvimos a degustar un plato de jamón en Las Teresas, aunque quedamos un poco mal pidiéndole aceite a un camarero que con cara de pocos amigos nos espetó: ¡¡a este jamón no se le echa aceite!! bueno, lo queríamos para el pan, pero si este señor lo dice…
Tampoco quisimos dejar pasar la oportunidad de hacerle una visita al bar más antiguo de Sevilla (y no se si del mundo), y es que un cartel en el Rinconcillo (Calle Gerona 42) dice que la casa se fundó en ¡¡1670!! palabrita, no mentimos, solera tiene o no?
A medio camino del rinconcillo probamos sabores menos tradicionales en la taberna La Alfalfa (en la plaza del mismo nombre), en realidad es un italiano que no desmerece nada gracias a sus deliciosas brusquettas: lo que viene a ser un montadito. La brusquetta roja, de crema de tomates secos, y la andaluza, con jamón, salmorejo y queso derretido, estaban de quitar el sentío.
Por la noche investigamos el Barrio del Arenal, junto al río. Disfrutamos mucho las tapas del Mesón de la Infanta (calle 2 de mayo) o en la Bodeguita Morales, engullendo montaditos entre antiguas tinajas de arcilla. Pero el “acabose” fue la Taberna Coloniales, delicioso su montadito de jamón, salmorejo y huevos de codorniz, o su solomillo al whisky no apto para estómagos delicados. Esta taberna tiene nada menos que tres pisos y una buena cola para conseguir mesa. Aunque popular entre los erasmus, creemos que su fama es merecida.
El domingo, sin tiempo para mucho más, lo intentamos en la popular Plaza del Salvador, pero llegamos demasiado pronto. Este lugar se abarrota de gente pasado el mediodía, que ocupa, caña en mano, casi toda la plaza… parece muy recomendable, pero habrá que dejarlo para la próxima vez.
No querría terminar esta reseña gastronómica, sin mentar un goloso manjar que tomamos en el anteriormente citado Alfalfa. El camarero dijo sabiamente: mi madre le llama a esto “pecado”. El nombre real es canolli, en singular canollo, claro. Una especie de cañita crujiente, con cobertura interior de chocolate y relleno de una crema coronada por un trocito de naranja amarga. Sin palabras. Creí morir.













