
Berlin es una ciudad marcada por su historia y eso se nota en sus edificios, algunos como la iglesia de Gedächtniskirche, semidestruida por las bombas, nos recuerdan que fue el escenario de las dos guerras más sangrientas del siglo XX, pero también que es una ciudad renovada, moderna y abierta al futuro, como lo demuestran construcciones recientes de renombrados arquitectos como Norman Foster o Frank Gehry.
Del famoso muro de 115 kilómetros, que dividió el país en dos durante casi cuatro décadas, sólo queda una pequeña parte hoy convertida en un reclamo para turistas, cuyos fragmentos se venden como souvenirs por cinco euros en cualquier tienda de regalos o puesto callejero.
Pero aunque pintado con graffitis y ya sin alambre de espino, el muro (o mejor dicho, lo que queda de él) sigue impresionando al viajero, incluso a aquel que como yo no haya vivido los años de la Guerra Fría, la simbología latente tras las pintadas le resultará sobrecogedora.