Con una escala rápida en Madrid para rehacer la maleta y de vuelta al aeropuerto, esos eran los planes y yo ya me frotaba las manos imaginándome en la Plaza de San Marcos degustando un capuccino.
Pero a veces las cosas no salen como uno las había planeado y ese famoso capuccino se hizo mucho de rogar. Al poco de despegar del JFK, el comandante anunció que debido a un fallo en uno de los motores teníamos que volver a Nueva York. Lo normal es que cuando te dicen en pleno vuelo que el avión tiene una avería, cunda el pánico, pero a mi alrededor nadie se inmutó, así que yo misma me dejé llevar por el clima de tranquilidad y continué leyendo una revista mientras nos preparábamos para el aterrizaje.
















