Lo primero que siento nada más salir del avión es una brisa cálida con un olor que me resulta familiar, que me evoca recuerdos de días felices baja aquella misma humedad densa que de pronto hace que me estorbe la camiseta de manga larga (¡y pensar que en Madrid están ahora a cinco grados!), lo reconozco al instante: es el olor del mar Caribe, un olor maravilloso sólo superado por el olor del mar Caribe tras la lluvia, pero el cielo, aunque del todo oscuro a las seis y media de la tarde, parece en calma.
En el diminuto aeropuerto de Isla Margarita los policías de inmigración no me hacen rellenar cuestionarios preguntando cosas absurdas como si planeo matar al presidente o si he sido miembro del partido nazi, en lugar de eso se limitan a poner un nuevo sello en mi pasaporte y darme la bienvenida en Venezuela. Acto seguido los guías que nos acompañan hasta el barco nos ofrecen un cóctel de frutas tropicales, así deberían recibir a los viajeros en todos los países, pienso mientras apuro la bebida de un solo trago, tratando de paliar el intenso calor del invierno caribeño.
Una vez a bordo del Ocean Dream (así es como se llama el barco) comienzo a explorar las instalaciones. Es más grande de lo que pensaba y al principio me cuesta ubicarme, por todas partes me parece que hay bares y restaurantes lo que me anima mucho, sobre todo porque es un crucero “todo incluido” (ya pensaré en ponerme a dieta a la vuelta, o mejor aún, después de Navidad, junto con el resto de propósitos de año nuevo que nunca cumplo). También hay varias piscinas y tres jacuzzis, pero como no llevo el bikini puesto decido ir al bar de la cubierta a pedirme mi primera piña colada. El barco zarpa y mientras bebo el cóctel noto de nuevo la brisa húmeda del caribe en mi cara, sí, definitivamente esto me va gustar mucho…














Rose has venido hasta con colorcito, mmm..que gustito, mar, calorcito, siii…
Comentario de ARGE — Diciembre 3, 2008 @ 2:25 pm