En el Ocean Dream todas las noches había fiesta, cuando no era una cena de gala era un baile de disfraces o un especial Bingo, pero tras dejarme más de 30 euros en cartones sin cantar una sola línea y buscar sin éxito por todo Barbados un parche para mi traje de mujer pirata decidí que tenía que haber alguna forma de divertirse paralela a la que ofrecía el programa oficial de festejos.
La clave me la dio un camarero que preparaba las mejores piñas coladas del mundo. Aquel día estaba muerto de sueño porque se había acostado a las dos de la mañana y es que la tripulación también organizaba sus propias fiestas a bordo. Yo había visto suficientes veces Dirty Dancing para saber que las mejores juergas siempre se las corren los trabajadores y no los turistas, así que a partir de ese día mi objetivo fue colarme, aunque sólo fuera una vez, en la fiesta de la tripulación.
Arantxa, mi fiel compeñara de barra, secundó enseguida la idea y las dos nos lanzamos con entusiasmo a buscar aquel bar prohibido para los pasajeros. Pero en un barco de diez plantas es fácil perderse y tras ir de un lado a otro atravesando pasillos y subiendo y bajando escaleras lo único que conseguimos fue un cansancio monumental, pero no pensábamos darnos por vencidas tan fácilmente…
Al día siguiente Arantxa consiguió sonsacarle a un camarero la dirección exacta de la fiesta y a eso de la una de la madrugada, con las indicaciones apuntadas en una servilleta de papel a modo de mapa del tesoro, nos lanzamos en su búsqueda. No fue tarea fácil, había que atravesar puertas con cárteles de prohibido el paso hasta que el sonido de la música reegueton nos indicó que íbamos por buen camino.
- ¿A dónde váis? -nos preguntó un brasileño que ejercía de portero
- ¿Tú qué crees? -le contesté yo
- Lo siento pero los pasajeros no pueden entrar aquí.
- Pero nosotras somos de la tripulación, lo que pasa es que hemos embarcado esta mañana en Aruba, somos nuevas…
- Ah bueno entonces pasar.
Y cuando parecía que ya estaba todo hecho las bebidas que llevábamos en la mano nos delataron:
- Un momento, los vasos de la tripulación son de plástico, no de cristal, ¡vosotras sois pasajeras!, lo siento, pero no podéis estar aquí.
Otra vez para fuera, nuestro gozo en un pozo, ya nunca podríamos divertirnos como Rose cuando Jack ya la lleva al baile con los pasajeros de tercera del Titanic. Volvimos a la discoteca resignadas y seguimos dándole la lata al equipo de animación, que al final nos invitó a su propia fiesta privada en un camarote.
Y allí terminamos, como los Hermanos Marx en aquella famosa escena en la que no paraba de entrar y salir gente en un camarote de cuatro metros cuadrados, eso sí, perfectamente acondicionado con música, una botella de ron y hasta una bola de discoteca. Fue sin duda la noche más divertida de todo el crucero.














Y bien… lo más interesante… ¿encontraste a tu Johnny Castle? je je je
Comentario de Paloma — Diciembre 16, 2008 @ 10:17 am